Las Geografía Política y las disputas de frontera entre los Estados
El alemán Friedrich Ratzel es considerado el fundador de la geografía política moderna, en cuanto disciplina. Para él, el fenómeno del conflicto interestatal es la consecuencia necesaria de la conducta de los Estados, ya que estos tienen una naturaleza orgánica, y nada contradice más la naturaleza de lo orgánico que la rígida circunscripción. Cierto volumen de gente está ligado al área del Estado, viven en su tierra, extraen su sustento de ella, y están por lo demás vinculados a ella a través de relaciones espirituales. Junto con este trozo de tierra forman el Estado. Las poblaciones se encuentran en un movimiento interno continuo. Ello se transforma en movimiento externo, bien hacia delante, bien hacia atrás, siempre y cuando un fragmento de tierra es ocupado por primera vez o una posesión anterior es cedida. (Ratzel [1896] 2011, 137).
No se puede negar ni olvidar que la obra del autor alemán constituye, quiéralo él o no, una justificación política de la expansión de los Estados a costa de sus vecinos más pequeños o más débiles. Para él, los Estados no son realidades estáticas, "muertas", sino que se encuentran en continua evolución, esto es, "tienen vida". En esta medida, compiten unos con otros por la ocupación de la mayor superficie terrestre posible, debido a la presión demográfica que soportan, y esa competición por el territorio conduce normalmente, aunque no necesariamente, como se ha señalado, a la guerra.
Pero el conflicto entre Estados, originado en su movimiento de expansión territorial, y que a menudo conduce a la guerra, es para Ratzel una ley universal de su evolución, que deduce del examen positivo -es decir, conforme a las reglas del método positivo- del fenómeno Estado. Ese, y no otro, es el sentido de sus afirmaciones, que se deben de entender a la luz del enunciado de la séptima de sus "leyes sobre el crecimiento espacial de los Estados":
La tendencia general hacia la integración y nivelación espaciales reproduce el crecimiento de Estado a Estado y lo incrementa incesantemente. Al ganar en consideración en tanto que valor político, el territorio se ha convertido en una influencia cada vez más importante, ya que funciona como medida de poder político y como botín en las luchas estatales. Siempre y cuando exista competición política, los Estados más débiles intentan igualar a los más poderosos. Trasladado al nivel territorial, de ello nace el conflicto por la integración y nivelación espaciales. (Ratzel [1896] 2011, 154).
En definitiva, si un Estado no progresa o, lo que viene a ser lo mismo, no se expande, según la interpretación ratzeliana, decae y muere. A partir de estos inicios, se pueden encontrar, entre los geógrafos políticos, varias líneas de explicación de las relaciones entre conflictos y fronteras. Es posible identificar una serie de ellas con un punto de vista que comparte un elemento de partida similar que es fundamental -aunque pueden no formar desde otros ángulos un conjunto homogéneo-: los conflictos surgen de las fricciones con los Estados vecinos, especialmente en las fronteras, y, por lo tanto, la distancia entre los actores es un factor fundamental a la hora de analizar la guerra y la paz.
En este sentido, a principios del siglo pasado, Curzon ya planteaba, de forma auténticamente seminal, que "la política de fronteras es de gran importancia práctica, y tiene un efecto mayor sobre la paz y la guerra entre las naciones que cualquier otro factor, político o económico" (1907, 4; traducción propia). Pocos años más tarde, Holdich mantenía que "[...] en la historia reciente del mundo, la mayor parte de las guerras importantes, y de las querellas internacionales de las que la guerra parecía ser una inevitable secuela, han surgido a partir de disputas de límites [...]" (1916, 1; traducción propia).
Tras la Primera Guerra Mundial, aparecen algunos estudios geográfico-políticos que tienen como telón de fondo de su análisis el conflicto que acababa de terminar. El carácter unitario de estos es discutible, desde el punto de vista teórico o metodológico, pero tienen en común la preocupación por los problemas de la guerra y la paz desde una perspectiva más o menos prescriptiva; intentan evitar, en lo posible, otra matanza como la que se había producido. En este sentido, Bowman, autor de uno de los estudios más importantes de ese momento, se mostraba preocupado porque habían aumentado las "zonas de fricción", que podrían conducir a la guerra en pocos años: Donde había aproximadamente 8.000 millas de viejos límites fronterizos alrededor de los antiguos Estados de Europa Central, hay ahora 10.000 millas, y de este total más de 3.000 millas consisten en límites fronterizos de nueva localización. Cada milla adicional de nuevo límite, cada nueva localización, ha incrementado durante un tiempo las fuentes de posibles problemas entre pueblos diferentes y, sobre todo, hostiles. (Bowman [1921] 1924, 3; traducción propia).
Solo la acción de un tribunal internacional de justicia podría, a juicio de Bowman, resolver las disputas de límites por medios pacíficos; y ese tribunal, a la hora de dictar sentencias, debería tener en cuenta los datos, a menudo de importancia clave, proporcionados por las investigaciones y exploraciones geográficas (Bowman [1921] 1924, 570).
La obra capital de Brunhes y Vallaux ([1921] 1928), escrita en los mismos años que la de Bowman, tiene paralelismos con esta, sobre todo en sus aspectos prescriptivos, pero entiende las causas de la guerra de forma más global y, sobre todo, menos simplista. Estos autores entienden que la guerra está ligada, de una manera a veces poco manifiesta pero real, a hechos de geografía humana, y especialmente de geografía económica; y lo está también, sobre todo, en sus causas y en sus consecuencias, a hechos de población y a hechos de geografía social. (Brunhes y Vallaux [1921] 1928, 383).
A partir de 1950, se desarrollan las corrientes neopositivistas. Una de las características unánimemente señaladas por sus críticos es la ausencia sistemática del conflicto en los análisis llevados a cabo por estos científicos sociales. Quizás se exagere, sobre todo en algunos casos, pero lo que sorprende es la facilidad con la que se concilian afirmaciones, al menos en apariencia contradictorias, tales como las siguientes de Haggett: "Los Estados existen en una condición permanente de tensión internacional. Puesto que la superficie territorial es finita, la persecución de intereses independientes por parte de cada Estado puede ocasionalmente producir conflictos" ([1983] 1988, 489). Si la tensión entre Estados es la norma, difícilmente sería ocasional el conflicto, que, al fin y al cabo, es la consecuencia de esa tensión; salvo que no se distinga entre conflicto y guerra.
Haggett ([1983] 1988) menciona la importancia del modelo del matemático Richardson (1960), a la hora de analizar la relación entre conflictos y organización espacial. Desde luego, la propuesta de Richardson se ha convertido en la matriz de todos los modelos y trabajos neopositivistas especializados, mayoritariamente obra de politólogos. Se pueden mencionar, a manera de ejemplos, los estudios realizados por Most y Starr (1980, 1984, 1989; Starr y Most 1978) sobre la difusión de la guerra, los de Pearson (1974) y Diehl (1985) acerca de la relación entre guerra y "proximidad geográfica" o el conocido artículo de Mandel (1980) sobre las raíces de las disputas fronterizas. El argumento fundamental de Richardson (1960) es que la posibilidad de que un Estado entre en conflicto depende del número de vecinos con el que cuenta; de modo tal que, por ejemplo, Brasil, en América Latina, sería el país más conflictivo, hecho que a todas luces no se produce.
La clave para entender la proposición de Richardson la proporcionan conceptualmente Most y Starr (1980), quienes sostienen que existirían más "oportunidades de interacción"5 entre Estados que poseen fronteras comunes; esto elevaría el grado de "incertidumbre" en el comportamiento internacional, y, por lo tanto, un Estado tendría mayores probabilidades de desarrollar un conflicto con un Estado contiguo que con uno con el que no posea fronteras. Diehl recalca que la contigüidad es un factor que, más que provocar un conflicto, hace más probable que una disputa tenga una escalada hacia la guerra: "Las naciones tienden a considerar las confrontaciones más cercanas a casa como más urgentes y amenazadoras para su seguridad nacional que las que se producen en tierras distantes [...]" (Diehl 1985, 1208; traducción propia).
Pearson (1974) muestra que el problema es algo más complicado: es más probable que las grandes potencias intervengan lejos de la metrópoli que en las fronteras del Estado. Además, las intervenciones de las potencias grandes, pequeñas y medias a menudo difieren en sus objetivos y orígenes. Concluye Pearson que mientras que la distancia geográfica parece un costo importante y, en algunos casos, la proximidad un incentivo importante para la intervención, la contigüidad parece tener menos relación con la probabilidad de intervención de lo que podría esperarse [...]. Sin embargo, intervenciones de protección social o territorial [más propias de potencias pequeñas y medias] se han asociado a menudo con la contigüidad. (1974, 457; traducción propia)
Starr y Most (1978), en sentido parecido, señalan que un número elevado de "fronteras coloniales" hacen que un Estado tenga mayor proclividad hacia la guerra, mientras que muchas fronteras en la metrópoli producen el efecto contrario, hecho que relacionan con la tranquilidad que ofrecen los vecinos más débiles a las grandes potencias. De modo semejante, habría que citar las investigaciones de O'Sullivan (1982, 1985), que tratan de mostrar cómo la distancia sigue siendo un factor a tener en cuenta en la "proyección del poder" y cómo, para un Estado, existen más posibilidades de permanecer neutral cuanto más alejado se encuentre de las potencias en conflicto.
Como se puede observar, no existe un acuerdo total acerca del papel que desempeñan la contigüidad y la distancia entre Estados en la probabilidad de guerra entre ellos. Uno de los intentos más logrados, dentro de la perspectiva analítica positivista, para entender las raíces de las disputas fronterizas interestatales, sería el de Mandel (1980). Con el objetivo de saber qué clases de Estados, tensiones y situaciones propician la aparición o intensificación de conflictos fronterizos, Mandel examina el efecto de la disparidad de poder entre Estados adyacentes, sus niveles de tecnología, sus alineamientos internacionales, el tipo de desacuerdo y el tamaño de cada conjunto de Estados "mutuamente contiguos". Mandel (1980) ha intentado integrar en el estudio del conflicto violento más datos que la mera contigüidad geográfica o distancia, pero no propone una teoría que los integre en un contexto global. Otros estudios más recientes realizan estudios cuantitativos más sofisticados (v. gr., Carter 2010), pero siguen haciendo análisis fragmentarios del conflicto territorial.
El método y las técnicas de investigación de la "ciencia espacial" positivista no son neutrales, pero tampoco se pueden estigmatizar determinados estudios solo por ser cuantitativos. Ese no es el problema principal del enfoque, que presenta otras carencias básicas: en primer lugar, la escasa relevancia de los grupos de seres humanos reales y concretos, de sus problemas sociales y políticos; en segundo lugar, la dificultad de profundizar en las causas de un conflicto concreto desde un análisis orientado a la predicción, y, finalmente, la ausencia de cualquier tipo de elemento simbólico o identitario en la conceptualización de las fronteras en la mayor parte de estos trabajos. El primer problema podría ser corregido sobre la base de una desreificación del objeto de análisis. Eso es lo que plantean Kirby y Ward, con lo que abren una posibilidad de integrar este tipo de análisis espacial en otras perspectivas científicas, incluidas las críticas: [...] una vez que nos alejamos de la noción de frontera como variable independiente, y, en cambio, la vemos como una expresión de realidades políticas y sociales, entonces cambiamos necesariamente las formas de enfrentar las relaciones internacionales. Tiene poco sentido, desde tal perspectiva, buscar una causalidad entre fronteras y guerras per se. Las fronteras no "causan" la guerra; tampoco incrementan, en sí mismas, la probabilidad de conflicto; una frontera, más bien, señala simplemente la existencia de conflictos previos. (Kirby y Ward 1987, 308; traducción propia).
Los intentos de atajar el segundo y el tercer problema son más arduos, pero su solución pasa por la superación del enfoque "realista" de la política del poder, así como las toscas interpretaciones de los asuntos internacionales. Guichonnet y Raffestin (1974) plantearon este asunto sobre la base de explorar los contextos socio-políticos que afectan la formación de las fronteras. Y los proponentes de la geopolítica crítica han intentado encontrar salida a este embrollo en la investigación de la "dimensión ideológica" de los problemas internacionales, pero no solo en términos de percepciones, sino fundamentalmente estudiando cómo los actores desempeñan y entienden sus papeles. En este sentido, han intentado la "reconceptualización de la Geopolítica en términos de discurso" (Ó Tuathail y Agnew 1992, 191; traducción propia) y se han ocupado de "cómo estos discursos se usan en política" (Dalby 1990, 40; traducción propia). Las fronteras son así parte del discurso que hace inteligible la política exterior de los Estados, y su naturalización por Ratzel o Holdich, o su contemplación como "oportunidad de conflicto" según los neopositivistas, no son más que elementos de una racionalización de la inevitabilidad del conflicto entre Estados, que constituye el fundamento de la teoría política moderna, como muestra Walker (1993).
Recientes estudios sobre el conflicto territorial muestran que los procesos de globalización no han tenido un impacto notable en estos (Kahler 2006), fundamentalmente porque el territorio no solo tiene aspectos tangibles (para la defensa o el bienestar económico de la comunidad, por ejemplo), sino también aspectos simbólicos, que sigue manteniendo (Newman 2006), en un periodo en el que ciertamente algunos de los primeros se han debilitado. Esto tiene que ver con la forma en la que los seres humanos se vinculan al territorio, que, como muestra Goemans (2006), sigue un "principio focal" que hace que determinados territorios estén cargados de significación histórica (pertenencia previa), geográfica (fronteras naturales) o cultural (habitados por personas que comparten una cultura).
Los argumentos de Newman (2006) para explicar la "resiliencia" de los conflictos territoriales en el siglo XXI son relevantes. A partir de un rechazo frontal del discurso de la "desterritorialización" que se produciría con la globalización, el autor plantea que lo que ocurre es más bien un proceso continuo de territorialización, de cambio dinámico del territorio. Así, propone un análisis que contemple "[...] la multidimensionalidad del territorio: lo simbólico junto a lo tangible, lo local a la par que lo nacional, y el papel del territorio como un factor dinámico que impacta el proceso de toma de decisiones en sí mismo" (Newman 2006, 108; traducción propia). De este modo, se podrá entender que procesos de supuesta desfronterización, como la supresión de las fronteras internas en la Unión Europea, son definitivos -como lo demuestran las suspensiones unilaterales del tratado de Schengen y las recientes peticiones de su reforma con motivo de la denominada primavera árabe-. Las fronteras siguen siendo dispositivos de control de entrada a los territorios estatales, lo que continúa mostrando su importancia en la imaginación geopolítica moderna, y siguen siendo objeto de disputas por aspectos a menudo simbólicos. La paradoja es que la globalización, que supuestamente desterritorializa los procesos políticos y sociales, ha permitido que sean más visibles.
Fuente: Cuadernos de Geografía: Revista Colombiana de Geografía DOI: https://doi.org/10.15446/rcdg.v23n2.39578.
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